En cada nueva aurora tú te ibas despidiendo
al dar una mordida a un trozo de dulzura
que tragabas amargo,
sin que yo lo intuyera.
Me tomabas del brazo con tacto de aleteos
trémulos de un adiós, y la sonrisa presa.
Empacabas instantes
tatuabas las caricias
que incluso aun percibo
y me rozan el alma.
Y así te despedías,
al sentir la repulsa por aquellos placebos
que grietas te dejaban y por ahí fugaba
un hálito de vida.
Hundida con roturas,
con ahínco emergiste a sacudir tu sombra
para cernir el tiempo sin brizna de temores
y así emprender el vuelo.
J Eugenia Díaz

Una crónica nostálgica de una despedida...A veces no nos damos cuenta de que nos dicen adiós, porquè nos parece impensable.
ResponderEliminarEstas auroras mordiendo trozos de dulzura, i mil detalles más, eran todo un presagio, antes de levantar el vuelo...
Linda amiga, un beso grande.
El recuerdo está ahí presente siempre,amiga...
ResponderEliminarEsas caricias, que quedaron en el alma son el presagio eterno de esa comunicación que sigue existiendo,como una bella y mágica sincronía entre distintos mundos...Un poema nostálgico y desgarrador, ATLÁNTIDA.
Mi gratitud por compartir y mi abrazo inmenso,compañera y amiga.
M.Jesús